martes, 29 de marzo de 2011

El vegetarianismo por Carlos Brandt

EL VEGETARIANISMO
Por Carlos Brandt (1875-1964)

Introducción a "El vegetarianismo" de Carlos Brandt por Tiempo Animal

Carlos Brandt nació en Miranda, Venezuela, el 11 de octubre de 1875. Fue un escritor prolífico, algunas de sus obras son: La belleza de la mujer, Jesús, el filósofo por excelencia, Análisis crítico de la Biblia, Camino de perfección, La paz universal, La superstición médica, El sendero de la salud, Pitágoras, padre de la sabiduría europea, Spinoza y el panteísmo, El misterioso almirante… y varias más. Hombre de gran cultura y sentimientos, mantuvo correspondencia con los hombres más ilustres de su época, entre ellos León Tolstoi, de quien Brandt tradujera y publicara (1901) el libro Serias consideraciones sobre la Iglesia y el Estado, a petición del propio Tolstoi. Durante los años que estuvo en el exilio, se relacionó con el grupo naturista “Generación Consciente” que editaba una revista del mismo nombre en la que Brand colaboró; escribió también para Estudios, Tiempos Nuevos y otros órganos de la prensa libertaria española donde ejerció una notable influencia. Falleció el 27 de febrero de 1964.

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El texto de Carlos Brandt, que presentamos a continuación (“El Vegetarianismo”), es un apartado del tratado Filosofía del vegetarismo, que a su vez, junto con El fundamento de la moral y La clave del misterio, forma parte del libro El problema vital.
Este libro tiene una historia en particular. Cuando el libro apareció por primera vez en 1913, bajo el título El fundamento de la moral, fue arrojado al mar y su autor condenado al destierro bajo la acusación de ser adversario del régimen político venezolano, que entonces ejercía el tirano Juan Vicente Gómez: “Fui sorpresivamente secuestrado, aherrojado con grillos que pesaban cuarenta libras, permaneciendo así encarcelado en una de las bóvedas del Castillo Libertador y rigurosamente incomunicado por el tiempo que duró mi prisión, que fue cerca de un año. Al salir de tan horrible calabozo me fui para Europa y Los Estados Unidos donde pasé veinte años de destierro. Como se hacía con todas las demás infelices víctimas de aquel régimen arbitrario, a mí tampoco se me comunicó jamás la causa de mi prisión, que fácilmente me la pude imaginar: un espía investido con el alto cargo de empleado postal, ávido de dinero y de mostrar su “eficacia profesional”, delató mi aversión natural a toda tiranía y mi amistad personal con el vertical periodista Rafael Arévalo González, de cuya revista científico-literaria Atenas era yo colaborador a sueldo, pues su ética de periodista honrado, según me decía, le prohibía aceptar colaboración para sus periódicos sin pagarla. Pero lo que sí pagó bien caro, con una larga prisión en la abominable Rotunda, fue su valiente y noble actitud denunciando la tiranía desde las columnas de su diario “El pregonero”…”
Durante los veinte años que Brandt pasó en el destierro, visitó las mejores bibliotecas de Europa y de América con el único propósito de investigar a fondo su teoría de la ley de la conservación de la vida como fundamento de la moral. En 1918 apareció una segunda edición del libro que se publicó con el título El fundamento de la moral, pero incluía una segunda parte: Filosofía del vegetarismo. Una tercera edición fue publicada en 1928 en Barcelona separada en tres volúmenes: El fundamento de la moral, Filosofía del vegetarismo y La clave del misterio.
En 1924 se publicó la edición inglesa The vital problem, que recibió favorables comentarios de Bernard Shaw y de destacados hombres de las ciencias y la filosofía:
“Otro personaje que se interesó mucho en la edición inglesa de mi libro, fue el famoso autor de la “teoría de las relatividades”, Profesor Albert Einstein, quien en una entrevista que tuvo con migo, me hizo el honor de decirme que mi teoría sobre la ley de la conservación de la vida era al mundo moral, lo que al mundo físico era su teoría de la velocidad de la luz. Es el mayor homenaje a que mi libro haya podido aspirar”.
En el año 1911, cuando apenas comenzaba a hacer pública su teoría de la ley de la conservación de la vida, sometió algunos de sus trabajos preliminares a Sir Alfred Russell Wallace, el precursor de Darwin, quien le dio alentadores comentarios diciéndole que la obra ya cubría la materia en todas sus partes y que su publicación sería un gran éxito. The vital problem le valió para que la American School of Naturopathy lo nombrara Doctor Honoris Causa en Filosofía.

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Así como la ley de la gravitación explica la vida y el movimiento de los astros, dice Brandt en El fundamento de la moral, la ley de la conservación de la vida explica la vida biológica sobre la faz del planeta. De la segunda, se distinguen tres manifestaciones diferentes que tienen como fin favorecer la conservación de la vida: 1. La evolución biológica o el perfeccionamiento espontáneo de las especies, 2. La autoterapia o la curación espontánea y autopreservación de todos los seres vivientes, 3. El imperativo vital, nombre con el que Brandt designa a los instintos, la consciencia (junto con la compasión), el intelecto y todas las manifestaciones psicológicas o espirituales que contribuyan al perfeccionamiento del hombre: son imperativos porque el hombre obedece pasivamente a ellos. El instinto, la conciencia y el intelecto pueden pervertirse, dice Brandt, por el vicio, por el mal ejemplo y los pensamientos absurdos, respectivamente.
El sistema moral de Brandt consiste en comparar los dictados de un instinto sano, una conciencia pura y un intelecto claro. Cuando los tres están de acuerdo, quiere decir que se acierta en la norma de la moral: todas las cosas buenas, lo son porque favorecen la ley de la conservación de la vida. Así, por ejemplo, dice: “La costumbre de comer carne es mala: 1.  (subjetivamente) porque es repulsiva a nuestra conciencia. 2.  (objetivamente) porque la carne es una alimentación dañina a la naturaleza humana (tanto física como moralmente) y 3. Porque el que se alimenta de carne, a más de dar un mal ejemplo, prepara su naturaleza para tener hijos carnívoros como él. Y principalmente, porque el que come carne, contribuye de la manera más eficaz a destruir torpemente la vida de infelices animales, lo que es uno de los más graves delitos contra la ley de la conservación de la vida, es decir, contra la moral”.

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En Filosofía del vegetarismo, Brandt sostiene que la humanidad degenera progresivamente, tanto física como moralmente y que ni la ciencia, ni la filosofía, ni la religión, han podido contrarrestar ese mal. No obstante, dice Brandt, en el seno del fracaso llamado civilización han aparecido movimientos que si llegasen a triunfar, cambiaría por completo el panorama y el porvenir del planeta. Esos movimientos son el vegetarianismo, la naturoterapia (sistema de curación puramente natural), el antivacunismo (rechazo a la vacuna obligatoria), la temperancia (la abstención de alcohol que degenera al hombre), el antiviviseccionismo, la protección de plantas, la protección de bosques, el  eugenismo (el ejercicio físico como un medio de perfeccionamiento), el orientalismo (desde el punto de vista práctico, no metafísico) el internacionalismo, el Esperantismo (partidarios de un idioma universal que comunique a todos los hombres), etc. Todos estos movimientos unificados son lo que Brandt denomina Filosofía Vegetarista, y todos tienden a favorecer la vida, no a destruirla, favoreciendo el perfeccionamiento físico y moral del hombre.
Para Brandt, que es considerado el filósofo más reconocido del vegetarianismo, el vegetarianismo es una filosofía; un estilo de vida sencillo y conforme a la naturaleza, a fin de que el hombre sea más sano física, moral e intelectualmente. Es decir, no es únicamente abstención de carne o una dieta exclusivamente vegetal, como actualmente se considera.
El vocablo vegetarianismo no tiene relación con la palabra vegetales; viene del término latino “vegetus” que significa vigoroso, robusto, fuerte, animado, activo… Los antiguos romanos utilizaban la expresión “homo vegetus” para referirse a las personas vigorosas, alegres, despiertas, sanas…Es por ello que el vegetarianismo no es únicamente una manera de alimentarse, sino una filosofía de vida que tiene su fundamento en la ley de la conservación de la vida como Brandt dice. Lo que sucede es que la alimentación exclusivamente vegetal es la más conveniente y la más racional para el hombre: es consecuencia de la filosofía del vegetarianismo. Por ello es que el vegetarianismo promueve la actividad intelectual y física y rechaza el consumo de alcohol, tabaco, chocolate, té, café y en general todo tipo de drogas, por ser perjudiciales, causas de la degeneración de la especie y contrarias a la naturaleza.
Aunque Brandt no hable directamente de la ingestión de huevos y productos lácteos, sí dice que la alimentación exclusivamente vegetal es la más conveniente y racional para el hombre, por lo que implícitamente tales productos quedan, también, descartados. Siendo la alimentación una consecuencia del vegetarianismo, nos dice que las teorías vegetarianas nos llevan a la conclusión de que la alimentación fructívora es la más adecuada para el hombre:
“He dicho en otra parte que lo que importa no es lo que fuimos, ni aun lo que somos, sino lo que seremos. Nosotros debemos ser frugívoros, mas no porque así lo fuera nuestro ancestral el mono, ya que a juzgar por esa lógica también deberíamos crearnos una costra en la espalda, porque la carnívora tortuga figura también en nuestra escala biológica. No. La razón por la que debemos ser frugívoros es porque la alimentación de frutas es la que mejor corresponde a la evolución, esto es, al desarrollo físico, moral e intelectual del hombre. Suponer que debemos alimentarnos con leche porque cuando éramos niños ese fue nuestro alimento, es lo mismo que suponer que debemos andar a gatas porque esa era la manera como andábamos cuando éramos niños”.
Así pues, es en este sentido en el que se debe leer el texto “El Vegetarianismo” que presentamos a continuación, no en su acepción popular o en sus extrañas combinaciones: ovo-lacto-vegetarianismo, pesco-vegetarianismo, pollo-vegetarianismo, etc.
El texto ha sido tomado de la cuarta edición de El problema vital, editada por EDITORIAL KIER (Buenos Aires, 1942).

EL VEGETARIANISMO
POR
CARLOS BRANDT (1875-1964)



Por lo más sagrado que existe en esta vida, suplico a todos los que aman la verdad y la felicidad humana, que examinen imparcialmente las teorías vegetarianas.
SHELLEY

Ni uno de los argumentos que se presentan para combatir las teorías vegetarianas, resiste a un examen imparcial.
MAETERLINKC

Los mismos animales que, estando vivos, nos da asco besar en la boca, cuando están muertos, no tenemos inconveniente en llenar nuestra boca con sus cadáveres.
PAUL RICHARD

Tan pronto como una persona que reconozca la verdad del vegetarianismo, persista en comer carne, deja ya de ser un inconsciente e ignorante de su error, para convertirse en un culpable consciente de su crimen.
DR. BENZION LIBER


Una de las muchas maneras en que el hombre ha venido quebrantando las leyes de la naturaleza, es por medio de la costumbre de comer carne, es decir, la costumbre de devorar cadáveres, animales muertos. La carne es el alimento natural del tigre; mas para el hombre la carne no es un alimento, sino una substancia asquerosa que lo enferma y lo hace cruel y vicioso.
El gusto, aspecto y olfato de las frutas nos hace “aguar la boca”. Empero, jamás he oído decir que a nadie se le haya hecho agua la boca el aspecto o el olor de un cerdo o de un buey. En ello tenemos una prueba más de que el hombre no es carnívoro, sino frugívoro por naturaleza. Nuestra madre naturaleza no nos dio garras ni colmillos para rasgar carne, sino manos para arrancar frutas. Nuestras muelas no están convenientemente preparadas para triturar fibras de carne, sino para moler frutas y nueces. El intestino de los animales carnívoros es más o menos tres veces el largo del cuerpo, contando de la boca hasta el coxis. En cambio el intestino de los animales frugívoros, así como el del hombre, es doce veces el largo del cuerpo. He ahí, pues, otra prueba más de que la naturaleza no dispuso nuestro cuerpo para comer carne, sino sólo para alimentarnos únicamente de vegetales, nueces y frutas. De manera que cada vez que comemos carne, quebrantamos horriblemente las leyes de nuestra propia naturaleza. De ahí que no nos debiera extrañar que la carne nos enferme. No hay culpa sin castigo.
La ciencia moderna ha demostrado, como bien dice Linneo, que “El hombre no ha sido destinado por la naturaleza para comer carne”. La anatomía comparada, así como la fisiología comparada, están concordes en que la estructura de todos los órganos del hombre, desde los dientes, el estómago, hasta el intestino, etc., está destinada para la alimentación de frutas exclusivamente. Cada una de las distintas funciones de nuestro cuerpo corresponde a la alimentación vegetariana. Hasta el mismo análisis químico de la sangre nos demuestra que nuestra sangre se asemeja más a la de los animales frugívoros que a la de los carnívoros. Este hecho condujo a los evolucionistas a la conclusión de que entre el hombre y los animales frugívoros, como los antropomorfos, existía un verdadero parentesco de consanguinidad. Según el análisis bioquímico de la saliva, así como el de todos los distintos jugos del estómago, la bilis, etc., hay más semejanza entre los del hombre y los animales frugívoros, que entre los del hombre y los animales carnívoros. Hasta la misma piel demuestra que el hombre es vegetariano por naturaleza. Los animales carnívoros no sudan. El sudor es una peculiaridad de los animales que se alimentan de vegetales, entre ellos, el hombre.
Como quiera que, según hemos visto, la carne no es el alimento natural del hombre, éste, para poder comerla, tiene que cocerla, aderezarla con especies, y ya en la mesa, mezclarla con pan o cualquier otro producto vegetal, siendo dicho producto vegetal lo que realmente lo alimenta. Para el hombre, la carne es un alimento tan pobre, como fuerte es su influencia morbosa. Ningún hombre “carnívoro” podría vivir permanentemente con una dieta exclusiva de carne.
Una serie de experimentos llevados a cabo por dos cientistas alemanes, los profesores Burian y Schur, nos demuestran que el hígado de los animales carnívoros puede destruir relativamente de diez a quince veces más ácido úrico que el hígado del hombre. Ello explica perfectamente por qué es que los animales carnívoros pueden subsistir con una dieta que, como la carne, contiene tanto ácido úrico. “Toda la estructura del cuerpo humano, hasta en sus más mínimos detalles, está destinada, por naturaleza, para una alimentación exclusivamente vegetariana”, dice Cuvier, y según Flourens: “El hombre no es un animal carnívoro. De acuerdo con sus dientes, estómago e intestino, no está destinado sino para alimentarse de frutas y nueces, como los antropitecos”.
Cada vez que nos enfermamos de reumatismo, pulmonía, diabetes, fiebre o cualquier otro mal, lo primero que nos prohíbe el médico, así fuere éste un acérrimo enemigo del vegetarianismo, es que comamos carne. ¿No implica esto un reconocimiento tácito de que la carne haya contribuido a formar en nuestro cuerpo las condiciones que resultaron en la respectiva enfermedad? Si la carne no es buena para la salud, cuando estamos enfermos, ¿por qué ha de ser buena cuando estamos sanos?  Oigamos a Otto Carque: “La carne parece que consume al mismo estómago, aumentando la acidez de la sangre y formando la arterioesclerosis”.
Los animales carnívoros son más susceptibles al cáncer que los animales que se alimentan de vegetales. Esto lo podemos comprobar con el hecho de que en los laboratorios de vivisección, para los experimentos de cáncer, se utilizan con preferencia los animales carnívoros a los herbívoros. El distinguido especialista de cáncer, Dr. H. Reinheimer, observa que el cáncer es más común entre los pueblos que consumen carne como los ingleses, los alemanes, los franceses y los americanos, que entre los que no consumen carne como los hindúes, los persas y los musulmanes. Por otra parte, entre los parias y aborígenes que se alimentan de carne en la India y en China, el cáncer es muy común. Entre los europeos que se alimentan de carne, son los judíos los menos predispuestos al cáncer, debido a que no comen manteca de puerco, que es la más dañina y asquerosa de todas las grasas. La carne es una de las principales causas de la estiptiquez, que es la antesala del cáncer. El Dr. Robert Bill, otro experto inglés del cáncer, declara que el cáncer aumenta en relación al mayor consumo de carne, y afirma que jamás recuerda haber visto atacada de cáncer a una persona que subsista de una alimentación completamente natural”.
La tuberculosis, otra de las plagas que azota a la humanidad, es atribuida en gran parte a la costumbre de comer carne, como lo ha demostrado el famoso especialista francés de tuberculosis, Dr. Paul Carton. A pesar de todas las supuestas protecciones del Estado, la verdad es que, como se ha demostrado recientemente en los Estados Unidos, el 50 por 100 del ganado que se envía al matadero, está tuberculoso. En septiembre de 1925, Mr. Hylan, Alcalde de Nueva York, formuló una protesta porque se descubrió que al mercado se llevaban, para expender, reses que no tenían ya pulmón, comido por la tuberculosis. Este mismo hecho pasa en todas partes del mundo, pues el ganado para el consumo, como no lleva la vida natural que corresponde a los animales silvestres, necesariamente tiene que estar enfermo.
Otro médico famoso ruso, el Dr. Metchnikoff, especialista del corazón y del sistema circulatorio,  declara que la principal causa de la arterioesclerosis y, por lo tanto, de las muertes prematuras y el envejecimiento, estriba en la costumbre de comer carne. Todo médico medianamente ilustrado sabe que el reumatismo, antesala de la arterioesclerosis y de las enfermedades cardíacas, tiene principal origen en la costumbre de comer carne. Así tenemos, pues, que eminentes médicos modernos atribuyen a la carne la causa de todas aquellas más espantosas y peligrosas enfermedades. Por eso el famoso Dr. Virchow solía siempre decir: “La carne, en cualquier forma que se la coma, siempre es peligrosa para la salud”.
Usted podrá objetar que su padre vivió hasta los ochenta años comiendo carne y bebiendo brandy; mas yo le apuesto a que usted no tiene la misma constitución fuerte de su padre para poder resistir por tanto tiempo la acción de esos dos venenos. Esto es también una demostración de que el daño que se hace con la costumbre de comer carne no se manifiesta tan patentemente en el individuo como en la especie. Las cosas demasiado grandes no se pueden ver bien de cerca. Nosotros no vemos a la Tierra girar alrededor del Sol, mas sabemos que sí gira y conocemos su órbita hasta en los más mínimos detalles. El que come carne, lo mismo que el que toma alcohol, experimenta un momentáneo fortalecimiento, pero la verdad es que a la larga la carne, como el alcohol, reduce la vitalidad y esa reducción se manifiesta más en la especie que en el individuo. Cada generación va experimentando más intensamente los malos efectos de la costumbre de comer carne que la generación anterior. La carne es un veneno alevoso, pues como bien lo observa el sabio profesor Dr. Dubois-Reymond, “Nosotros la comemos en el estado que sigue a la rigidez cadavérica, esto es, cuando comienza a corromperse”.
La naturaleza es tan sabia, que ha provisto a todos los animales carnívoros de la clase de los mamíferos, o sea los animales superiores (tigres, perros, gatos, etc.), de un intestino relativamente más corto que el del hombre y demás animales fitófagos, con el objeto de que no retuvieran por demasiado tiempo dentro del cuerpo, una substancia que, como la carne, se corrompe tan ligero. Y, sin embargo, a pesar de tener un intestino más corto, los animales carnívoros frecuentemente se purgan comiendo hierbas, cuando comprenden que su venenoso alimento, la carne, ha permanecido por más tiempo del necesario dentro del intestino, lo que es peligroso para su salud. Opina el Dr. Metchnikoff que todas las enfermedades provienen de las putrefacciones en el intestino. Consecuentemente afirmaba dicho médico que él podía alargar la vida de los hombres, recortándoles el intestino, esto es, recortando algunos metros de tripas a cada persona para que el alimento no pudiera permanecer tanto tiempo dentro del cuerpo. Teóricamente, dicho médico tenía razón. Si los hombres insisten en comer carne, deberían también poseer un intestino relativamente corto como el de los animales carnívoros para que una substancia que se corrompe tan pronto como la carne, no pudiera permanecer por tanto tiempo dentro del cuerpo. Yo conozco a un afamado médico naturista, quien a pesar de ser un enemigo acérrimo de las drogas, invariablemente acostumbra propinar un purgante de aceite de castor a todos aquellos de sus pacientes que acostumbran comer carne. Dicho médico tiene igualmente razón teóricamente. Si los hombres insisten en comer carne, también deberían hacer como los animales carnívoros, es decir, que se deberían purgar de vez en cuando.
Basta con leer las obras de Kuhne, Kneipp, Lahmann, Just, Bilz, Platen, Ehret o cualquier otro de los más afamados médicos naturistas y encontraremos en ellas lujo y abundancia de argumentos para convencer al más incrédulo de que la carne no es necesaria sino que, por el contrario, es muy dañina para el organismo humano. Pero no solamente los médicos naturistas, sino aun los médicos facultativos o alópatas, quienes antiguamente recomendaban la carne, ahora la combaten por boca de todos sus más eminentes representantes. No tenemos más que recordar los nombres de Dubois-Reymond, Metchnikoff, Virchow, Huchard, Haig, etc. Huchard decía: “La alimentación animal, cuyo uso, por desgracia, aumenta de día en día, no es por ningún respecto una alimentación, sino un constante envenenamiento”. Es una gran fortuna para la humanidad el hecho de que el número de los médicos alópatas que están comenzando a reconocer la importancia de la dieta vegetal aumenta de día en día. Como bien lo observa el Dr. Kellog, “Es placentero notar que el mundo científico al fin comienza  darse cuenta de que la carne no es un alimento, sino una substancia transmisora de enfermedades… Los más eminentes médicos de todos los países del mundo lo están comprendiendo así y están obrando en consecuencia”.
Tanto en la antigua Grecia como en los modernos tiempos, los vegetarianos han demostrado gran superioridad física en la gimnasia y en los deportes. Este hecho se confirma también entre los animales. El elefante, el más fuerte; el caballo, el más veloz; la ardilla; la más activa y el camello, el más resistente de todos los animales. Todos estos son vegetarianos, es decir, que extraen su energía del reino vegetal. Con respecto a su peso, el frugívoro gorila es más fuerte que el carnívoro tigre. He oído decir a más de un viajero africano que el gorila que se alimenta exclusivamente de frutas, es el único animal de las selvas que respetan los tigres y los leones. Sin embargo, no hay que negar que los animales carnívoros tienen fuerza también, pero no tienen tanta resistencia como los herbívoros o los frugívoros. En los hombres, así como en los animales, sucede también que aquellos que reciben su energía solar directamente de las plantas, y no indirectamente, es decir, por medio de la carne de otros animales, son los más fuertes. Hace algún tiempo que el eminente profesor Irving Fisher de la Universidad de Yale verificó una serie de experimentos en personas vegetarianas y carnívoras, dando por resultado que los vegetarianos demostraron en las distintas pruebas tener más resistencia que los carnívoros. El famoso experto en cultura física, Bernard McFadden, ha declarado que las personas que comen carne tienen generalmente mayor tendencia a las enfermedades que los vegetarianos. Una alimentación vegetariana trae por consecuencia mayor aumento de vigor.
Los niños, cuyos instintos no están viciados, sino que se conservan puros, piden siempre frutas y en cambio rehúsan comer carne. Lo mismo que el vicio del tabaco o del alcohol, la costumbre de comer carne es un mal hábito que hay primero que adquirir por medio de nuestra persistencia en pervertir nuestros instintos con el uso. Dice Rousseau: “Para demostrar que la costumbre de comer carne no es natural en el hombre, basta con ver la indiferencia que muestran los niños por la carne, en tanto que las frutas los deleitan”.
La antropología nos enseña que el hombre es un descendiente de especies que se alimentaban de vegetales. El hombre de las cavernas en la antigüedad, así como los caníbales de la actualidad no representan el tipo primitivo del hombre, sino una rama degenerada de nuestra raza. Nuestro padre primitivo, llámesele antropiteco, Adán, o como se le quiera llamar, no tenía fuego ni cuchillo y, por lo tanto, mal podría haberse alimentado de carne. Su único alimento posible eran frutas, nueces y verduras. “El hombre desciende de los primates”, dice Haeckel, y según Darwin: “Nuestros padres primitivos vivían sobre los árboles”.
Las personas que se alimentan de carne están apresurando la catástrofe económica que hace tiempo viene amenazando a la sociedad humana y que irremisiblemente se desencadenará muy pronto si el hombre no la resuelve por el único medio que hay que hacerlo, y es llevando una vida más ejemplar o sea natural. El régimen vegetariano es indispensable, tanto para el bien individual como para el bien colectivo o social. La alimentación carnívora es dispendiosa no solamente porque la carne es el más caro de los alimentos, con relación a su peso y a su valor nutritivo, sino también porque tal alimentación incita a los vicios del alcohol, tabaco, etc. y al mismo tiempo nos enferma, y ya sabemos lo que significa la enfermedad desde el punto de vista económico: “Una alimentación vegetariana salvaría a la sociedad actual de la catástrofe económica que la amenaza”, dice el economista Koening.
La carne, por razones naturales, se está haciendo cada día más escasa y, por lo tanto, más cara. Se calcula que un área bien cultivada de frutas podría mantener veinte veces más habitantes con las cosechas que produce, que los que se podrían mantener de la carne de ganado que pastara en dicha área. Es por ello que la revolución social continuará siendo un mito, en tanto que sus principios no estén basados en el vegetarianismo. Como bien lo observa el Dr. Elmer Lee: “La regeneración de la humanidad no se alcanzará hasta que el hombre decida alimentarse exclusivamente de frutas crudas y de los verdes productos del reino vegetal”. Oigamos ahora lo que dice Humboldt, el Príncipe de los naturistas modernos: “La misma extensión de tierra que, cultivada con hierba para apacentar ganado que pudiera alimentar a diez personas, si más bien la cultiváramos con lentejas, frijoles o guisantes, podría alimentar a cien personas… la hoya del Orinoco produce suficiente cantidad de plátanos para alimentar a la humanidad entera cómodamente”. Veamos lo que dice el Dr. Kellog: “La humanidad entera se podría alimentar, sin tener que trabajar, con las nueces que se producirían si se sembrara de nogales la orilla de todos los caminos de los Estados Unidos”.
No pudiendo combatir el vegetarianismo, ni desde el punto de vista económico, ni desde el fisiológico, ni desde el social, ni desde el moral, algunos de nuestros adversarios sostienen que la carne es necesaria para la actividad intelectual. Tal pretensión es completamente infundada y carece de base científica. Téngase en cuenta que no hay ni uno sólo de todos los grandes pensadores y filósofos griegos que no fuera estricto vegetariano. Todos ellos vivían de acuerdo con las leyes del gran legislador Triptólemo, quien imponía absoluta abstención de la carne como alimento, a todos aquellos que se dedicasen a la actividad intelectual. La vía láctea de los pensadores griegos, esa pléyade esplendorosa de pensadores como jamás el mundo la ha vuelto a presenciar, estaba compuesta de estrictos vegetarianos. Buda, en la India; Zaratustra, en Persia; Lao Tze en China, fueron también vegetarianos. El pensador más formidable de los tiempos modernos Benedicto Spinoza, fue un estricto vegetariano. También lo fueron Newton, el más grande de los matemáticos modernos, y Leonardo da Vinci, el cientista, pensador, filósofo y pintor incomparable. Grandes escritores modernos como Tolstoi y Bernard Shaw, fueron también vegetarianos. No queda duda de la verdad expuesta por Teofrasto, el discípulo de Aristóteles y de Platón: “El comer mucho, y el alimentarse de carne, no solamente embota la actividad intelectual, sino que conduce al extremo de la estupidez”.
La historia nos demuestra que todos aquellos pueblos que alcanzaron el nivel más alto de civilización, tales como los egipcios, los persas, los hindúes, los griegos y los romanos, fueron vegetarianos. Esos pueblos, mientras se alimentaron de vegetales exclusivamente, dieron al mundo los hombres más inteligentes y las mujeres más bellas. Fue cuando comenzaron a emplear la carne en la alimentación, que esos pueblos empezaron a decaer. “Los egipcios son los hombres más sabios que conozco… son las personas más saludables del mundo… toda su alimentación consiste en frutas y vegetales, que comen siempre crudos”. –Herodoto–.
Algunas personas suelen mofarse de los vegetarianos con la misma mal ocultada envidia con que lo hacen el fumador o el bebedor cuando se refieren al abstemio. Mas si eres verdadero vegetariano, recuerda que andas en la brillante compañía de Osiris, Buda, Zaratustra, Lao Tze, Confucio, Pitágoras, Jesús, Tales, Plutarco, Herodoto, Porfirio, Epicuro, Diógenes, Homero, Heráclito, Platón, Sócrates, Aristóteles, Séneca, Cicerón, Lucrecio, Giordano Bruno, Newton, Leonardo, Spinoza, Shelley, Byron, Cervantes, Beethoven, Tolstoi, Voltaire, Rousseau, Wagner, Lamartine, St. Pierre, Humboldt, Nietzsche, Bernard Shaw, etc. Casi todos ellos fueron vegetarianos prácticos y todos, sin excepción, condenaron vigorosamente la infame costumbre de sacrificar infelices animales para devorarles los cadáveres. “La abstención de comer carne constituye la base fundamental de toda vida moral. Este hecho nos ha sido demostrado hasta la saciedad por todos los mejores representantes de la especie humana”, –Tolstoi–.
Las grandes compañías carniceras de Chicago, interesadas en la venta de la carne, propagan el consumo de ésta diciendo que “carne da carne”. Esta frase será muy buena para engañar a los incautos. Pero para los versados en dietética no es sino una burda falsedad. Basado en esa frase, el idiota podría resolver muy fácilmente su problema comiendo sesos y el ciego no tendría más que comer ojos de águila para recuperar la vista. Pero, por otra parte, el toro estaría mal parado, pues como no come “carne que da carne”, sino simplemente hierbas, se moriría de extenuación. Y a propósito de esto, me gustaría saber por qué es que los hombres dicen que “la carne da carne”, prefieren para sí la carne de los animales herbívoros y no la de los carnívoros… lo que sí es verdad es que “la putridez engendra putridez” y téngase en cuenta que con la excepción de la hiena, el puerco y el buitre, el hombre es el único animal que come carne cuando este “alimento” ha entrado ya en el período de cadavérica putrefacción. “Nosotros estamos en el deber de convertir a los sarcófagos, necrófilos, carnívoros, quienes desde el punto de vista moral, deberían llamarse también caníbales”, dice el Dr. Paul Foster.
La carne es un estimulante para el vicio y el crimen. Todo vegetariano sabe que el mejor medio que existe para librarse del vicio del tabaco y del alcohol es decidiendo llevar un régimen de alimentación exclusivamente de frutas. Todo aquel que come carne y que fuma sabe del irresistible antojo de fumar que experimenta el organismo después de una comida opípara de carne. Por lo tanto, con sólo dejar de comer esta última, se domina dicho antojo y consecuentemente el vicio del tabaco sin ni siquiera tener que hacer grandes esfuerzos de voluntad. “Es un hecho irrefutable que al rechazar la alimentación carnívora, todo individuo experimenta irremisiblemente la inclinación a abandonar el tabaco, el alcohol y demás vicios”, dice Maeterlinck.
La carne no solamente es un incentivo para el vicio, sino que también endurece la conciencia. Los europeos comedores de carne son más agresivos y crueles que los vegetarianos hindúes. En las guerras modernas se raciona a los soldados especialmente con carne para hacerlos más agresivos y crueles. Es por ello que dice Rousseau: “Todos los inveterados comedores de carne son generalmente más crueles y agresivos que los demás hombres”.
El hecho de comer carne implica una crueldad espantosa; una infamia sin igual. Como bien dice Jean Robert Alberts: “La costumbre de comer carne es una directa transgresión de las leyes naturales: una crueldad inaudita que cometemos con los infelices seres privados de la palabra y contra los desgraciados hombres a quienes pagamos para que quebranten horriblemente el más sagrado de los mandamientos: No matarás. Esa costumbre rebaja las condiciones morales de la gente a quien pagamos para que maten, en nuestro nombre, animales inofensivos cuya carne va a engendrar enfermedades entre los que la comen. Por otra parte, el mismo cielo se nubla ante el dolor y la agonía de esos animales que nuestra gula e ignorancia hace sacrificar estúpida e innecesariamente”. En la evolución moral de las razas, los antropófagos están tan atrasados con respecto al hombre “civilizado” que come carne, como está éste respecto a los vegetarianos sinceros.
La base de todas las religiones y de todas las filosofías está condensada en esta frase: no matarás (la forma pasiva) y ama (la forma activa). Consecuentemente, el hombre que come carne quebranta groseramente el más alto de los principios de la moral. Aquel cuyo amor no logra extenderse hasta los animales, es de cierto que no ha comprendido el fondo de la doctrina de Cristo: ama; no mates. En otros términos: da vida, no la quites. Recordemos que la ciencia moderna así como todas las más altas religiones, están acordes en el principio de que el hombre y los animales están unidos en la escala biológica y consecuentemente pertenecen a una misma familia. El que no tiene corazón para amar a nuestros hermanos menores (los animales, como dice Leadbeater, son nuestros hermanos menores) es realmente digno de piedad, pues demuestra que aún se encuentra muy atrasado en el camino de la evolución. En cambio, el que pretende amar a los animales y al mismo tiempo los mata para comérselos, esto es, para satisfacer sus bajos apetitos, quiere decir que está pervertido y que practica aunque en cierto modo, el más grosero canibalismo.
Pero no solamente la ética, sino también la estética condena la costumbre de comer carne. Esta última es tan repulsiva al gusto, a la vista y al olfato, como las frutas son atractivas a dichos sentidos. Cuando nos hartamos de carne, quizá no nos damos cuenta de que así nos convertimos nosotros mismos en sepulcros ambulantes, en cementerios y en tumbas de animales. Dice Lamartine: “Llegará el día en que abominaremos la costumbre de comer carne de la misma manera que hoy abominamos la antropofagia”.
El que come carne comete un doble crimen, pues de esta manera destruye una vida que es la propiedad exclusiva de Dios y que, por lo tanto, debemos respetar y al mismo tiempo preparamos nuestro organismo a la acción de las enfermedades, lo que equivale a destruir nuestra propia vida. Es una forma del suicidio…
Difícilmente se concibe una crueldad mayor matar un infeliz animal que tiene un estómago mucho más sano que el nuestro, músculos más resistentes que los nuestros, un corazón jamás tan pervertido como el nuestro, sangre más pura que la nuestra y un cerebro no tan alevoso como el nuestro, con el objeto de devorarle sus nobles miembros. Así se expresa Plutarco, ante esta infamia: “Oh, asesino desnaturalizado a quien llamamos hombre y que es cien veces más salvaje que las bestias feroces, ¿quién os obliga a derramar la sangre de infelices animales? ¿No produce la tierra suficientes granos y frutas para vuestra subsistencia? ¿Acaso no os están ayudando esos pobres animales en vuestras labores agrícolas? ¿Qué más requerís de ellos? ¿Por qué asesinar esos fieles amigos tan innecesariamente?”
Hay quien afirme, con gran probabilidad, que si todos los que comen carne se vieran obligados a matar ellos mismos, con sus propias manos, los animales que se iban a comer, por lo menos  50 de 100 de las personas comedoras de carne se volverían vegetarianas. Esta aseveración hace incuestionablemente un gran honor a la especie humana, pues la coloca en un alto grado de moralidad. Pero por otra parte, hace poco honor a las condiciones intelectuales del hombre, porque quiere decir que 50 de 100 de los hombres carecen de lógica para comprender que al comer carne, obran exactamente del mismo modo que el criminal cobarde, que tiene que alquilar un asesino de paga para que cometa un asesinato que él no se atreve a cometer. Es por ello que el que come carne es siempre dos veces más culpable que el carnicero. Reflexionad sobre esta muestra de la inconsecuencia humana: en Chicago se prohíbe a las mujeres la entrada a los mataderos para evitar que se desmayen ante la vista del horroroso espectáculo. ¿No sería mucho mejor desistir de la costumbre de comer carne para hacer innecesario dicho espectáculo? ¿Es el asesino sobornado más culpable que el que ordena el crimen? ¿Es acaso circunstancia atenuante no atrevernos a presenciar el crimen  que ordenamos cometer? Recordad que, como dice Emerson: “Por el matadero, siempre hay complicidad”.
Cierto que a causa de las absurdas ideas sobre la dieta, que reinaban antiguamente, el hombre, con la costumbre de comer carne, ha venido pervirtiendo su naturaleza a tal grado que ya se le hace difícil volver repentinamente a la alimentación vegetariana o natural. Mas esto no sucede solamente con la carne, sino también con el alcohol, los narcóticos, el tabaco y con muchos otros hábitos viciosos por el estilo. Recuérdese que antiguamente los médicos consideraban también el alcohol como un alimento muy nutritivo, tal como se considera hoy la carne por los médicos poco versados en dietética. Bien dice el Dr. H. W. Shelton: “La persona que no se siente bien alimentada si no come carne, la considero lo mismo que al que tampoco se siente alimentado si después de comer no se fuma un cigarro”. La carne no es un alimento mucho mejor que el alcohol o el tabaco. De la misma manera que sucede con el tabaco o con el alcohol, acontece también con la carne, es decir, que su uso es un mal hábito que hay que abandonar si queremos estar sanos de cuerpo y espíritu. La carne es un alimento pernicioso, pues fácilmente se convierte en vicio. Es por ello que los padres que hacen comer carne a sus hijos cometen un error tan grande, como si los hicieran fumar o beber licor. ¿Por qué permitir que, siendo aún niños, desde la más tierna edad adquiramos un vicio innecesario que, ya por razones de economía o por nuestro adelanto moral nos veamos en la edad madura muchas veces obligados a abandonar? Bien dice el Dr. Selss: “Ser hijo de familia vegetariana significa haber nacido con suerte; hacerse vegetariano significa tener carácter y permanecer siendo siempre vegetariano significa ser virtuoso”.
Cierto que a todo aquel que desde la niñez no se le haya enseñado a ser vegetariano, le será difícil serlo a edad ya madura, a menos que logre poseer el requerido conocimiento en dietética para poder irse adaptando paulatinamente a la dieta vegetariana. Desgraciadamente, ese conocimiento no lo posee gran número de vegetarianos y falta por completo en la mayoría de los médicos facultativos, quienes deberían ser los encargados de informar al público en esa materia. Es por ello que muchas veces nos encontramos con vegetarianos o que no tienen muy buen aspecto físico o que no gozan de muy buena salud o que se ven ocasionalmente obligados a comer algo de pollo o de pescado. Un poquito de conocimientos en dietética, conocimiento que se podría adquirir fácilmente leyendo revistas vegetarianas o libros sobre naturismo, sería suficiente para que ciertos vegetarianos no se viesen obligados a quebrantar sus principios de esa manera. Mas esto que aquí digo de ciertos “vegetarianos” no debe de ningún modo alegrar los enemigos del naturismo, pues todo el que come carne furtivamente demuestra con ello que se avergüenza, lo que significa un gran paso hacia la perfección. Recordad lo que dice Milton: “Si no tenéis virtud, al menos aparentadla”.
Con el objeto de combatir las ideas vegetarianas, algunos periodistas aducen que las naciones que beben alcohol y comen carne son las que están gobernando el mundo y se apoyan en el hecho de que los vegetarianos y abstinentes hindúes están gobernados por los ingleses que comen carne y beben whiskey y que la China, que se mantiene casi exclusivamente de arroz, es un instrumento de las naciones carnívoras europeas. No queda duda de que, de todas maneras, la supuesta debilidad de los pueblos vegetarianos es ciertamente más honrosa que la supuesta fuerza de los carnívoros. Además, ya bien sabemos que el mundo, por el momento, está gobernado por la violencia, la tiranía y el crimen. Lo que falta por saber es si ello es justo… como bien dice Rousseau: “Los criminales y asesinos acostumbran comer carne y beber licor para endurecerse la conciencia y así hacerse más sanguinarios y, por lo tanto, más proficientes en sus aviesas prácticas”. También los gallos de riña y los perros de caza, como los soldados en la guerra, reciben mayor ración de carne para hacerlos más agresivos y fieros en la lucha. Pero, me pregunto yo: ¿Ese es el ideal? ¿Es eso el fin y objeto de la moral? ¿Es ello plausible? ¿Podrán la embriaguez y el asesinato convertirse en algo justo en el futuro a fuerza de practicarse? ¿Irá el mundo a ser siempre gobernado por glotones y dipsómanos? El imperio del porvenir será el imperio de la fuerza que dimana de la cooperación organizada e inteligente; no de la fuerza bruta y feroz de los bebedores y de los glotones. “Aunque todos los buitres y lobos del mundo aprueben el uso de la carne, no por ellos podrán convencernos de que es justo”, dice Porfirio.
No olvidemos que el mundo se encuentra en constante evolución y que la fuerza en el futuro no estará más de parte de los hombres más feroces, sino de parte de los más inteligentes y virtuosos. Las guerras no son el único mal causado por las naciones que comen carne y que beben alcohol. Mas téngase presente que las guerras, la glotonería y la embriaguez no prevalecerán en el futuro. Los signos de los tiempos nos están demostrando que algún día el mundo va a poner fin definitivo a las guerras y a las conquistas. El hecho de que el músculo más fuerte haya sido en el pasado la base de la fuerza (el derecho) no quiere decir que continuará siendo así en el futuro. (Véase mi tratado “La Paz Universal”). Ya sabemos que las guerras son la consecuencia de mandatarios adictos al alcohol y a la gula. Afortunadamente, el mundo evoluciona lenta, pero firmemente, y si alguna cosa hay cierta, es que las guerras desaparecerán en no lejano tiempo. Las guerras automáticamente serán eliminadas tan pronto como el hombre alcance un grado más alto de inteligencia suficiente para comprender lo que significa la cooperación y ponerla en práctica. Y el vegetarianismo será un factor importante para apresurar la época en que el hombre alcance ese grado de inteligencia. Un gran guerrero y mayor profeta, Simón Bolivar, predijo el fin de las guerras con esta frase: “En el andar de los tiempos no habrá quizá más que una sola nación en el mundo: La Nación Federal”.
Está reconocido que los animales tienen los sentidos más finos y aguzados que el hombre. Este último mata más ganado en cada día del año, que todas las fieras salvajes en un siglo. Sin embargo, el ganado no teme al hombre, lo que ya demuestra que nosotros, por naturaleza, no estamos destinados a comer carne. Si el hombre fuera carnívoro por naturaleza, ¿quién se le podría acercar a una vaca o a un caballo? Imaginaos a un tigre ordeñando una vaca o montando un caballo… el hombre parece estar empeñado en adquirir naturaleza de tigre y por eso está sacrificando su salud física, su salud moral y su bienestar económico. “La alimentación vegetariana ejerce una saludable influencia en la hermosura del cuerpo y en la belleza del alma”, dice Bernardin de St. Pierre.
Los gatos, los perros y otros animales carnívoros acostumbran comer ciertas hierbas silvestres para purificar su sangre, para hacer funcionar sus intestinos o para otros fines higiénicos. Pero jamás he oído decir que un ciervo, una ardilla o cualquier otro animal vegetariano haya comido carne para alcanzar idénticos fines higiénicos y sanitarios. Bien dice el Dr. Jules Grand: “La carne es un producto de la muerte  y, por lo tanto, mata”.
Razón tuvo Nietzsche en decir que los pocos filósofos vegetarianos han hecho más por el bien de la humanidad que todos los filósofos modernos juntos. Los hombres están haciendo una constante hecatombe de infelices e inofensivos seres para devorar sus cuerpos y, sin embargo, los púlpitos y la prensa diaria permanecen culpablemente indiferentes a tan grande crimen. Si viviera Voltaire podría aún repetir: “Es increíble que todavía no se haya presentado entre nosotros un moralista o un predicador que haga una protesta más vigorosa contra la vergonzosa costumbre de comer carne”.
Tanto el hombre como los animales, se encuentran actualmente en un estado de evolución y no queda duda de que el futuro pertenece a los vegetarianos. Las plantas y las frutas serán el alimento del porvenir no solamente para el hombre, sino para todos los animales. Si es que no prefieren desaparecer, los animales carnívoros tendrán que evolucionar (como lo está haciendo actualmente el perro, el hermano del carnívoro lobo) hacia el vegetarianismo. Este es un hecho científico que ha venido a justificar a Isaías cuando dijo: “Morará el lobo con el cordero y el tigre con el cabrito se acostará, el becerro, el león y la bestia doméstica andarán juntos y un niño los pastoreará. La vaca y el león pacerán; sus crías se echarán juntas y el león como el buey, comerá paja”.
Algunas personas dicen que el hombre debería comer carne, porque así lo hacía nuestro antepasado, el hombre de las cavernas. La ciencia nos enseña que nuestro verdadero antecesor no era sino una especie de animal que se alimentaba de frutas, el pitecántropo, que es también el antecesor de los monos antropomorfos. El hombre de las cavernas, como el antropófago en la actualidad, no es sino una rama degenerada de la especie. Pero aún suponiendo que nuestros antecesores hubiesen sido caníbales, ello no sería una razón para suponer que en el futuro debamos seguir siéndolo, pues entonces, ¿de qué sirve la evolución? Suponer que debemos comer carne porque nuestros antepasados lo hacían sería, en todo caso, un disparate tan grande como decir que nos deberíamos crear un caparazón en el lomo, porque la carnívora tortura también figura en nuestra escala filogenética. Por Dios, ¿vamos hacia delante o vamos hacia atrás como el cangrejo? ¿Es que deberíamos ir hacia la tortuga, el tigre y el hombre de las cavernas o debemos ir hacia el ideal, la estrella que guía la evolución? Esta última nos ordena hacia adelante y si no queremos ir hacia adelante, tendremos que sucumbir. En la evolución no hay hacia atrás. O avanzamos o desaparecemos. No hay más remedio. Como bien dice Nietzsche, “No hay hacia atrás, sino adelante, hacia la naturaleza”. La verdadera naturaleza del hombre no está atrás, sino adelante. Es por ello que los vegetarianos son los únicos que pueden exclamar: “El futuro me pertenece”.
Día a día la carne se está haciendo más escasa y cara, como ya vimos. De manera que aquellos que no se quieran hacer vegetarianos por voluntad, tendrán que serlo de por fuerza el día en que la carne llegue a ser artículo de lujo que solamente las personas muy ricas podrán comprar. La evolución nos enseña que la cooperación y el control de nosotros mismos es lo que da el triunfo a los más aptos. Donde los lobos y los osos ya han desaparecido, subsisten aún los ciervos a pesar de la guerra que les hacen los cazadores. La causa de ello estriba en que los animales carnívoros son egoístas, mientras que los que se alimentan con productos vegetales se protegen mutuamente, es decir, tienen la virtud de la cooperación, son simbióticos. Consecuentemente, las especies vegetarianas son las que, al fin, triunfarán en la lucha por la existencia. Como dice Gustav V. Struve, “La alimentación que rechaza la matanza de animales es la única que corresponde a la filosofía y la única que ha sabido deducir lógicamente las consecuencias de la teoría de la evolución. El vegetarianismo da una solución satisfactoria a todas las cuestiones”.


Pubicado en Revista Tiempo Animal No. 2, Enero-Junio del 2009.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Alclaro que no termine de leer, no comen cane por que es mala moralmente?
Los hace sentir mal ver a un animal morir o en la forma inhumana en la que lo hacemos moirir..?
Pero si a favor de la buena eutanacia.. como alternativa a un mal moral del hombre. La muerte nucna sera digna.
Solo por que los vegetales no sangran, no se mueven como nosotros, no gritan , no lloran, hay que comerlos? Pero si sienten, que confundida tienen la moral.
No por dejar de comer carne solucionan el problema, Digamos si a mejores métodos de sacrificio, más humanos y no al matrato del animal en granja, en transporte y en rastro.

Tiempo Animal dijo...

Es decir que por el hecho hipotético de que los vegetales sufren, ¿por eso es mejor comer animales? ¿En todo caso no será siempre mejor no matar animales de ninguna manera?

Las sensaciones se dan en el sistema nervioso central, cosa de que las plantas carecen.

Saludos cordiales.

Raúl Cruz

Anónimo dijo...

Jajajjaja Si no terminaste de leer ¡por qué te apresuras? Porque además de los conceptos morales que se dan...con los que se puede o no estar de acuerdo. En realidad hay pruebas científicas de que el hombre no está apto boiológicamente para el consumo de carnes.
Saludos